viernes, 31 de octubre de 2014

La resignación: Rufo


Según la Real Academia de la Lengua Española, "Resignación es la entrega voluntaria que alguien hace de sí, poniéndose en las manos y voluntad de otra persona".  Leo esto y aparece en mi mente la imagen de un títere. Esta es una de esas palabras que, en mí, tienen todo el efecto contrario: la rebeldía.

Así me sentí cuando vi la foto de Rufo en su refugio, resignado a su destino. Un perro de 10 años esperando que alguien lo mirase.  Me dio ese escozor que sube desde el estómago y llega a la cabeza en forma de calor febril y me dije: no, no me da la gana que Rufo se rinda.  

Resignarse puede ser, a veces, la única alternativa. Pero tiene consecuencias nefastas: la pesadumbre, la pérdida de autoestima, de dignidad y de la vida misma. Sí, la pérdida de la vida, aunque nuestra mente y cuerpo funcionen. No es bueno hacer de la resignación una costumbre.

Los viejos caminan lento


Rufo, tardó  seis meses en llegar a casa. Yo estaba fuera de España cuando le manifesté  mi interés por él a la protectora.  Si nadie lo adoptaba mientras yo estaba fuera, a mi regreso, vendría a casa. 

En vísperas casi de Navidad me llamaron y me dijeron que Rufo tenía una infección, a causa de la castración, y que no  podría viajar hasta recuperarse. Por desgracia, Rufo, al ser un perro viejo, lo llevaba peor en su recuperación. 

Tres meses después, aunque todavía un poco convaleciente, Rufo podría salir. No esperé ningún transporte para traerlo.  Aunque fueran 500 km, quise ir yo misma a buscarlo.  Este animal merecía lo mejor y ya había tardado bastante.

Aislamiento voluntario


Al llegar a casa, Rufo ni ladraba. Era un perro super "bueno". Comía y dormía.  Se aislaba en una de las habitaciones, a pesar que toda la casa estaba a su disposición. Se quitaba del sofá si Lalo reclamaba su sitio. Al salir a pasear parecía que había destellos de alegría, pero poco más.  

No me extrañó; los resignados nunca dan problemas. Quizás por eso, a algunos les encanta la frase que dice: "Resignaros y aceptad los designios del Señor". Así, Rufo, resignado y sumiso, parecía el perro "10". 

Sana rebeldía


Pero la vida no es resignación y sumisión; es un desafío que debemos aceptar. Así que, me negué a tener a un perro resignado en mi casa: le cerré la puerta de la habitación para que se integrase a la familia.  Es duro cerrar las puertas a la resignación, tan duro como respirar por primera vez.  

Han pasado nueve meses desde entonces. Todavía se aísla de vez en cuando, pero ahora ladra cuando espera su comida. Se queda más tiempo paseando cuando lo suelto y no siempre regresa a mi llamada, sino cuando él lo ha decidido.  Viene corriendo, eso sí, como el niño travieso que no quiere hacer caso.  Muchos dirán "estás maleducando al perro" y yo les contestaré que le estoy permitiendo que regrese a la vida.

Fantina.

martes, 28 de octubre de 2014

Historia de Lalo: entre Rejas




En una noche de insomnio en Bruselas, navegando por Internet, me encuentro la historia de un perro por el que piden ayuda económica en Italia para su residencia en España. Dicen que el perro lo han rescatado del sacrifio en una perrera y tiene problemas al caminar.  Me pregunté, por qué piden en Italia solamente.  Ahí empezó mi investigación en la red. 

El caso de Lalo no era el único, había muchos más. Parecía que habían casos transparentes y otros, como el de Lalo, bastante dudosos. Mi mente curiosa de investigador empezó a formular preguntas que fui plasmando en diversos blogs de animales, tratando de seguir la pista del perrete. Cuando conseguí contactar con la gente involucrada, en lugar de dispersar mis dudas, se creó una madeja de interrogantes nada fácil de desenredar.

Existencia dudosa


Según, el perro estaba en una perrera. Lo sacó de allí una protectora de animales, pero no lo tenía la protectora, aunque estaba a su nombre. Las personas que me respondieron no eran ni de la perrera, ni de la protectora, sólo intermediarios. Pregunté dónde estaba el perro, y me dijeron que era un refugio que no era de la protectora.  Ante tanta ida y vuelta, comencé a preguntar de quién era el refugio; si podía verlo y por qué sólo pedían en foros italianos. La respuesta fueron insultos y agresión por la red.  Ahí me di cuenta que algo extraño ocurría. Llegué incluso a dudar de la existencia del perro.

El reto


Entre tanto insulto me retaron, como el que lanza farol en una partida de póker, a adoptar el perro si tanto me preocupaba. No conocían mi actitud decidida; les contesté que SI. Y hasta que no les envié el cuestionario pre-adopción unas horas después, no se creyeron mi respuesta. Sin embargo, yo estaba a miles de kilómetros de España, y pensaron que no haría realidad mis palabras. Ese fue solo el comienzo de un rescate que requirió casi tres meses y el empeño de varias personas.  Pero ésa es otra historia.

Fantina.

domingo, 26 de octubre de 2014

El estigma humano tiene cara de perro: Negrete


El color negro, símbolo de buen gusto y elegancia al vestir. Norma casi obligada de cualquier evento formal y nocturno, puede ser una desgracia para un perro en adopción, al menos en España. Si al negro, le añadimos mestizo tenemos un cocktail de infortunio para el animal.


Negrete es uno de estos perros que esperaba que alguien lo adoptase. Con todo en contra, apareció sin embargo, un alma caritativa que le dio un hogar.  Pero no era el "colorín, colorao, este cuento se ha acabado". No, era el inicio de un camino tortuoso.  En un desafortunado encuentro con la vida, su dueña, una joven mujer, decidió, voluntariamente, abrazar la muerte.  Negrete la acompañaría en este desenlace aunque todavía esperaba a que se despertase. Lo encontraron al lado de su dueña días más tarde. La imagen de aquel escenario teñido de luto y Negrete vestido de negro, no pudo ser borrada de la mente de los familiares de la joven.  Decidieron, que no querían al perro, como si eso se llevase la desgracia y el dolor.  

Segunda oportunidad, segunda tragedia


El perro regresó a la protectora y allí estuvo esperando hasta que una pareja joven lo adoptó nuevamente.  Esta vez, sería la compañía de un hermoso perro de raza, de color claro. Pasaron siete años, hasta que este matrimonio ya con hijos decidió que Negrete ya no pertenecería a la familia. Alegaron problemas económicos, depresivos y de mudanza.  El color negro asociado, tal vez inconscientemente, fue el detonante para escoger entre un perro u otro. Negrete ya no era joven, más de 12 años tenía sobre sus piernas, pero seguía siendo mestizo y negro. Ahora, además, ya no olía bien, tenía un tumorcillo en la boca y babeaba sin cesar.  Ni siquiera los niños de la familia lo querían tocar.  

La tercera es la vencida


De esta historia me enteré sentada en la clínica veterinaria dónde habían llevado a Negrete, con intenciones de "evaluarlo".  La veterinaria, que lo conocía desde siempre, se temió lo peor para el futuro del animal.  Aunque tenía sus achaques y su salud era buena, las intenciones de los dueños parecían más oscuras que el color de negrete, ahora ya no tan negro por las canas que tenía.  

Mi corazón, más que la razón, me impulsó a decir que podría acogerlo mientras aparecía alguien que lo adoptase. En el peor de los casos iría nuevamente a la protectora de donde salió, pero al menos, y mientras yo pudiese, estaría en una casa calentito y en familia. Fui a verlo primero para ver la situación. En ese momento me di cuenta que las probabilidades de que encontrase otro dueño eran casi nulas. Ví un perro triste, descuidado y maloliente.  Le toqué la cabeza y sus ojos me miraron y brillaron. Puso su cabeza en mi pierna y empezó a mover la cola. Ese día me fui con el corazón destrozado. Lo que debía ser la imagen de un perro contento, en una chalet precioso, con un cuidado jardín y una familia de cuento de hadas, se había transformado una caricatura tristemente ridícula  y dolorosa como la sonrisa del malvado Jocker de la historia de Batman, que por cierto tiene el negro como color protagonista.  

Regresé días después para ver cómo se llevaría con los otros perros de casa.  Nada más ver mi coche, el perro ladraba, saltaba, movía la cola desesperadamente. Cuando entré en el jardín, el perro no se despegaba de mi lado, ahí supe que si no me lo llevaba, por más problemas que eso significase para mí en el futuro,  nunca podría perdonármelo. 

Un nuevo comienzo, una nueva esperanza


Días después lo fui a buscar y, lo que esperaba que podría ser una triste despedida, se convirtió en una fiesta para Negrete. Saltó al coche sin esperar. La única despedida que tuvo de la familia fue un abrazo del dueño. Pareció un abrazo sincero con cierto destello de tristeza, pero había en el ambiente más bien alivio por un "problema" menos. Negrete está ahora en casa, todavía en acogida y esperando ser adoptado, pero tiene familia. Una familia donde el negro, el mestizo, las canas y los achaques tienen estilo, elegancia y clase. Y, sobre todo, tienen el orgullo y la grandeza de haber sobrevivido al estigma humano.

Fantina