Según la Real Academia de la Lengua Española, "Resignación es la entrega voluntaria que alguien hace de sí, poniéndose en las manos y voluntad de otra persona". Leo esto y aparece en mi mente la imagen de un títere. Esta es una de esas palabras que, en mí, tienen todo el efecto contrario: la rebeldía.
Así me sentí cuando vi la foto de Rufo en su refugio, resignado a su destino. Un perro de 10 años esperando que alguien lo mirase. Me dio ese escozor que sube desde el estómago y llega a la cabeza en forma de calor febril y me dije: no, no me da la gana que Rufo se rinda.
Resignarse puede ser, a veces, la única alternativa. Pero tiene consecuencias nefastas: la pesadumbre, la pérdida de autoestima, de dignidad y de la vida misma. Sí, la pérdida de la vida, aunque nuestra mente y cuerpo funcionen. No es bueno hacer de la resignación una costumbre.
Los viejos caminan lento
Rufo, tardó seis meses en llegar a casa. Yo estaba fuera de España cuando le manifesté mi interés por él a la protectora. Si nadie lo adoptaba mientras yo estaba fuera, a mi regreso, vendría a casa.
En vísperas casi de Navidad me llamaron y me dijeron que Rufo tenía una infección, a causa de la castración, y que no podría viajar hasta recuperarse. Por desgracia, Rufo, al ser un perro viejo, lo llevaba peor en su recuperación.
Tres meses después, aunque todavía un poco convaleciente, Rufo podría salir. No esperé ningún transporte para traerlo. Aunque fueran 500 km, quise ir yo misma a buscarlo. Este animal merecía lo mejor y ya había tardado bastante.
Aislamiento voluntario
Al llegar a casa, Rufo ni ladraba. Era un perro super "bueno". Comía y dormía. Se aislaba en una de las habitaciones, a pesar que toda la casa
estaba a su disposición. Se quitaba del sofá si Lalo reclamaba su
sitio. Al salir a pasear parecía que
había destellos de alegría, pero poco más.
No me extrañó; los
resignados nunca dan problemas. Quizás por eso, a algunos les encanta la
frase que dice: "Resignaros y aceptad los designios del Señor". Así, Rufo, resignado y sumiso, parecía el perro "10".
Sana rebeldía
Pero la vida no es resignación y sumisión; es un desafío que debemos
aceptar. Así que, me negué a tener a un perro resignado en mi casa: le cerré la puerta de la habitación para que se integrase a la familia.
Es duro cerrar las puertas a la resignación, tan duro como respirar por primera vez.
Han pasado nueve meses desde entonces. Todavía se aísla de vez en cuando, pero ahora ladra cuando espera su comida. Se queda más tiempo paseando cuando lo suelto y no siempre regresa a mi llamada, sino cuando él lo ha decidido. Viene corriendo, eso sí, como el niño travieso que no quiere hacer caso. Muchos dirán "estás maleducando al perro" y yo les contestaré que le estoy permitiendo que regrese a la vida.
Fantina.


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