El color negro, símbolo de buen gusto y elegancia al vestir. Norma casi obligada de cualquier evento formal y nocturno, puede ser una desgracia para un perro en adopción, al menos en España. Si al negro, le añadimos mestizo tenemos un cocktail de infortunio para el animal.
Negrete es uno de estos perros que esperaba que alguien lo adoptase. Con todo en contra, apareció sin embargo, un alma caritativa que le dio un hogar. Pero no era el "colorín, colorao, este cuento se ha acabado". No, era el inicio de un camino tortuoso. En un desafortunado encuentro con la vida, su dueña, una joven mujer, decidió, voluntariamente, abrazar la muerte. Negrete la acompañaría en este desenlace aunque todavía esperaba a que se despertase. Lo encontraron al lado de su dueña días más tarde. La imagen de aquel escenario teñido de luto y Negrete vestido de negro, no pudo ser borrada de la mente de los familiares de la joven. Decidieron, que no querían al perro, como si eso se llevase la desgracia y el dolor.
Segunda oportunidad, segunda tragedia
El perro regresó a la protectora y allí estuvo esperando hasta que una pareja joven lo adoptó nuevamente. Esta vez, sería la compañía de un hermoso perro de raza, de color claro. Pasaron siete años, hasta que este matrimonio ya con hijos decidió que Negrete ya no pertenecería a la familia. Alegaron problemas económicos, depresivos y de mudanza. El color negro asociado, tal vez inconscientemente, fue el detonante para escoger entre un perro u otro. Negrete ya no era joven, más de 12 años tenía sobre sus piernas, pero seguía siendo mestizo y negro. Ahora, además, ya no olía bien, tenía un tumorcillo en la boca y babeaba sin cesar. Ni siquiera los niños de la familia lo querían tocar.
La tercera es la vencida
De esta historia me enteré sentada en la clínica veterinaria dónde habían llevado a Negrete, con intenciones de "evaluarlo". La veterinaria, que lo conocía desde siempre, se temió lo peor para el futuro del animal. Aunque tenía sus achaques y su salud era buena, las intenciones de los dueños parecían más oscuras que el color de negrete, ahora ya no tan negro por las canas que tenía.
Mi corazón, más que la razón, me impulsó a decir que podría acogerlo mientras aparecía alguien que lo adoptase. En el peor de los casos iría nuevamente a la protectora de donde salió, pero al menos, y mientras yo pudiese, estaría en una casa calentito y en familia. Fui a verlo primero para ver la situación. En ese momento me di cuenta que las probabilidades de que encontrase otro dueño eran casi nulas. Ví un perro triste, descuidado y maloliente. Le toqué la cabeza y sus ojos me miraron y brillaron. Puso su cabeza en mi pierna y empezó a mover la cola. Ese día me fui con el corazón destrozado. Lo que debía ser la imagen de un perro contento, en una chalet precioso, con un cuidado jardín y una familia de cuento de hadas, se había transformado una caricatura tristemente ridícula y dolorosa como la sonrisa del malvado Jocker de la historia de Batman, que por cierto tiene el negro como color protagonista.
Regresé días después para ver cómo se llevaría con los otros perros de casa. Nada más ver mi coche, el perro ladraba, saltaba, movía la cola desesperadamente. Cuando entré en el jardín, el perro no se despegaba de mi lado, ahí supe que si no me lo llevaba, por más problemas que eso significase para mí en el futuro, nunca podría perdonármelo.
Un nuevo comienzo, una nueva esperanza
Días después lo fui a buscar y, lo que esperaba que podría ser una triste despedida, se convirtió en una fiesta para Negrete. Saltó al coche sin esperar. La única despedida que tuvo de la familia fue un abrazo del dueño. Pareció un abrazo sincero con cierto destello de tristeza, pero había en el ambiente más bien alivio por un "problema" menos. Negrete está ahora en casa, todavía en acogida y esperando ser adoptado, pero tiene familia. Una familia donde el negro, el mestizo, las canas y los achaques tienen estilo, elegancia y clase. Y, sobre todo, tienen el orgullo y la grandeza de haber sobrevivido al estigma humano.
Fantina